Sin nada que hacer que fuera de provecho, salió disgustado de su estudio. Hizo mecánicamente el recorrido que comunicaba sus estancias privadas con el recibidor del palacete, sin reparar en los ricos ornamentos que celosamente había hecho llegar desde distintos lugares del Imperio unos meses antes, ni en los ajetreos del servicio, ni siquiera en las atenciones que su fiel Bern sobriamente le dispensaba. Tan sumido estaba en sus reflexiones que no volvió en sí hasta que, al abrir la puerta, una brisa gélida dio con sus huesos. La luz del exerior resultaba cegadora y una suave llovizna regaba los prados de su finca. Fue entonces consciente de los ruidos del ambiente, e igualmente consciente de que Bern lo miraba expectante, pero con todo el recato que se espera de un mayordomo.
- Discúlpame. ¿Qué decías? - Preguntó el señor - .
- Le decía al señor que si así lo dispone, mando que preparen el carruaje - respondió aliviado -.
- No, mejor manda ensillar a Tormenta, necesito evadirme un poco.
Con una leve inclinación, Bern fue a cumplir los deseos de su amo inmediatamente, y sin tiempo de retomar el hilo de sus preocupaciones, vio que su yegua la conducía un joven de paso firme y constitución fuerte. Por su aspecto se podía intuir que desde siempre vivió del trabajo de sus manos o de labores físicas pesadas, y en este momento era uno de los encargados de que todo estuviera en orden en los establos. A pesar de su amplia experiencia, tuvo que hacer acopio de toda su fuerza y decisión para traer a Tormenta hasta su señor, que sólamente se calmó al ver a su jinete, el único jinete. Éste acercó tranquilamente, se puso los guantes y despidió al chico. Tan pronto montó la bestia, los cuidados que lo mantuvieron en vela volvieron a ensombrecerle el rostro, y simplemente se dejó guiar por los pasos que a su preciada purasangre española se le antojaban. No cabía duda de que Sir William, todavía soltero, era un hombre que apenas había alcanzado la treintena, con gran patrimonio e influencias, en fin, un hombre de éxito; antes bien, todo esto no dejaba a resguardo a un hombre bien celoso de su palabra de las consecuencias de una promesa.
- Discúlpame. ¿Qué decías? - Preguntó el señor - .
- Le decía al señor que si así lo dispone, mando que preparen el carruaje - respondió aliviado -.
- No, mejor manda ensillar a Tormenta, necesito evadirme un poco.
Con una leve inclinación, Bern fue a cumplir los deseos de su amo inmediatamente, y sin tiempo de retomar el hilo de sus preocupaciones, vio que su yegua la conducía un joven de paso firme y constitución fuerte. Por su aspecto se podía intuir que desde siempre vivió del trabajo de sus manos o de labores físicas pesadas, y en este momento era uno de los encargados de que todo estuviera en orden en los establos. A pesar de su amplia experiencia, tuvo que hacer acopio de toda su fuerza y decisión para traer a Tormenta hasta su señor, que sólamente se calmó al ver a su jinete, el único jinete. Éste acercó tranquilamente, se puso los guantes y despidió al chico. Tan pronto montó la bestia, los cuidados que lo mantuvieron en vela volvieron a ensombrecerle el rostro, y simplemente se dejó guiar por los pasos que a su preciada purasangre española se le antojaban. No cabía duda de que Sir William, todavía soltero, era un hombre que apenas había alcanzado la treintena, con gran patrimonio e influencias, en fin, un hombre de éxito; antes bien, todo esto no dejaba a resguardo a un hombre bien celoso de su palabra de las consecuencias de una promesa.
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