Espoleó a Tormenta, pasó del trote al galope y la forzó aun más. Parecía una despedida más que un retorno a casa. Sir William solo sentía los pinchazos en el corazón de quien sabe que va a arrepentirse de provocar dolor. La decisión estaba tomada, pero eso suponía perder riquezas, perder poder, perder a Tormenta, enfrentarse a la Corona y condenar a Michelle a una vida sencilla.
¡No podía hacer eso! Detuvo a Tormenta en seco. Protestó relinchando pero fué acallada. Buscó el silencio que le permitiera escuchar el piano una vez más. Esas manos que tan bien acariciaban el piano no aguantarían así si tuvieran que conseguir comida fuera de palacio. Era la manzana más deliciosa del arbol prohibido, y él tan estúpido que quería devorarla, ¿y que ha sido ese ruido?.
Tormenta se inquietó, tambíen habia oido algo y se movía nerviosa. Mandó retroceder sin dar la espalda a la fuente de su sospecha, "Mierda, nos ha oido" fué lo último que necesitó oir antes de dejar atrás a sus torpes perseguidores a golpe de fusta. En un rapido vistazo atras pudo ver una docena de pueblerinos de quienes no podía sospechar nada bueno. Su corazón nervioso no le dejaba oir absolutamente nada pero dió por buena su fortuna por el momento.
31 diciembre, 2008
18 diciembre, 2008
Haciendo un poco de introspección, quizás no era tanta su suerte. Si bien los acres recibidos en Virginia no dejaban de ser un lujo, el Nuevo Mundo era vasto y aún sin explorar, por lo cual todavía podría considerarse una parcela más. A dos fatigosos meses en barco de su preciada Inglaterra, a falta de otras contingencias, no parecía que éste fuera un destino propio de alguien a tener en cuenta en los círculos de influencia de la Corona (cosa del todo injusta dados los méritos que había acumulado a lo largo de su vida), aunque cierto es que sus amistades a este lado del océano eran para sentirse, como poco, respaldado.
Corría el año 1767, y se oían rumores de asaltos y pequeñas insurrecciones contra la autoridad local. Sir Wiliam no sabía qúe pensar, muchos amigos suyos hablaban encendidamente de injusticias perpetradas por los gobernantes y autoridades del Viejo mundo. No podía decirse que fuera tanto así, y personalmente se sentía ofendido en ocasiones por tan vehementes acusaciones, ya que de hecho dentro de sus territorios se contaban un par de aldeas, un pueblo pesquero y un pequeño emplazamiento de carácter militar, de donde recibía la mayor parte de las noticias de guerras en Europa y otros asuntos de interés. Si bien no se consideraba a sí mismo un líder ejemplar o un político especialmente dotado, llevaba instalado sólo año y medio, tiempo más que escaso para organizar un terreno de quince millas de costa por unas doce tierra adentro. No obstante dejó que las gentes del lugar siguieran sus costumbres y no recaudó más impuestos que los de los territorios vecinos. Sin duda alguien estaba atizando las brasas y, a pesar de toda la lealtad que debía a los colonos, su corazón todavía residía en Inglaterra. Estaba decidido.
Corría el año 1767, y se oían rumores de asaltos y pequeñas insurrecciones contra la autoridad local. Sir Wiliam no sabía qúe pensar, muchos amigos suyos hablaban encendidamente de injusticias perpetradas por los gobernantes y autoridades del Viejo mundo. No podía decirse que fuera tanto así, y personalmente se sentía ofendido en ocasiones por tan vehementes acusaciones, ya que de hecho dentro de sus territorios se contaban un par de aldeas, un pueblo pesquero y un pequeño emplazamiento de carácter militar, de donde recibía la mayor parte de las noticias de guerras en Europa y otros asuntos de interés. Si bien no se consideraba a sí mismo un líder ejemplar o un político especialmente dotado, llevaba instalado sólo año y medio, tiempo más que escaso para organizar un terreno de quince millas de costa por unas doce tierra adentro. No obstante dejó que las gentes del lugar siguieran sus costumbres y no recaudó más impuestos que los de los territorios vecinos. Sin duda alguien estaba atizando las brasas y, a pesar de toda la lealtad que debía a los colonos, su corazón todavía residía en Inglaterra. Estaba decidido.
17 diciembre, 2008
Pero, a pesar de la agradable y escogida compañia de la mejor y favorita de sus bestias, otros huespedes no tan deseados le rondaban y comian las entrañas.
Todo pesaba: la fria lluvia, las riendas de su compañera, la empapada casaca, los pomposos ropajes que llevaba puestos, el alma, la conciencia... Cuan molestos aquellos invitados, que iban y venian a placer, invadian y desalojaban su mente en cada instante, tan distintos... se le venian a la cabeza sus logros, buenos momentos, su estatus en la sociedad, las relaciones con sus más allegados, el placer, la vanidad, Sir William como el siempre habia y ha querido ser, un joven, rico y poderoso, con ambiciones y mucha vida por delante, y, acto seguido, le sucedian delirantes estrofas que predecian el infortunio y mal augurio: sombras y tinieblas, agonia, dolor, caida, el vacio...
Y entonces venia el piano: dulce, cuidado, delicado. Tan delicado que se quebraba entre los truenos de la mas ruidosa de las tormentas, pero persistente como canto de sirena que se oculta tras la bruma. Era lo unico que lo alentaba.
Se aproximaba el momento de tomar la decision, y la yegua, lamentablemente, no ayudaba. Sir William deseo por un instante poder hablar con su amiga. Una decision, tan clara y pavorosa, y ninguna de las opciones a escoger era de su agrado.
Todo pesaba: la fria lluvia, las riendas de su compañera, la empapada casaca, los pomposos ropajes que llevaba puestos, el alma, la conciencia... Cuan molestos aquellos invitados, que iban y venian a placer, invadian y desalojaban su mente en cada instante, tan distintos... se le venian a la cabeza sus logros, buenos momentos, su estatus en la sociedad, las relaciones con sus más allegados, el placer, la vanidad, Sir William como el siempre habia y ha querido ser, un joven, rico y poderoso, con ambiciones y mucha vida por delante, y, acto seguido, le sucedian delirantes estrofas que predecian el infortunio y mal augurio: sombras y tinieblas, agonia, dolor, caida, el vacio...
Y entonces venia el piano: dulce, cuidado, delicado. Tan delicado que se quebraba entre los truenos de la mas ruidosa de las tormentas, pero persistente como canto de sirena que se oculta tras la bruma. Era lo unico que lo alentaba.
Se aproximaba el momento de tomar la decision, y la yegua, lamentablemente, no ayudaba. Sir William deseo por un instante poder hablar con su amiga. Una decision, tan clara y pavorosa, y ninguna de las opciones a escoger era de su agrado.
Sí, en momentos así, un paseo a caballo podría ser la solución.
Le ayudaba a relajarse. No tenía que ser él el que tomase las decisiones, tal era su compenetración con su yegua. Simplemente dejarse llevar...
No es una sensación común la de no pensar y permitir que el trabajo lo haga otro y todo esto con una confianza total en lo satisfactorio del resultado. Simplemente dejarse llevar...
En su mente sólo la sensación de relajación equiparable únicamente al sonido del piano de Michelle. Un viaje por los mares de calma que sólo una mente realmente ajetreada sabe apreciar en su justa medida. Simplemente dejarse llevar...
Le ayudaba a relajarse. No tenía que ser él el que tomase las decisiones, tal era su compenetración con su yegua. Simplemente dejarse llevar...
No es una sensación común la de no pensar y permitir que el trabajo lo haga otro y todo esto con una confianza total en lo satisfactorio del resultado. Simplemente dejarse llevar...
En su mente sólo la sensación de relajación equiparable únicamente al sonido del piano de Michelle. Un viaje por los mares de calma que sólo una mente realmente ajetreada sabe apreciar en su justa medida. Simplemente dejarse llevar...
16 diciembre, 2008
Sin rumbo fijo
Sin nada que hacer que fuera de provecho, salió disgustado de su estudio. Hizo mecánicamente el recorrido que comunicaba sus estancias privadas con el recibidor del palacete, sin reparar en los ricos ornamentos que celosamente había hecho llegar desde distintos lugares del Imperio unos meses antes, ni en los ajetreos del servicio, ni siquiera en las atenciones que su fiel Bern sobriamente le dispensaba. Tan sumido estaba en sus reflexiones que no volvió en sí hasta que, al abrir la puerta, una brisa gélida dio con sus huesos. La luz del exerior resultaba cegadora y una suave llovizna regaba los prados de su finca. Fue entonces consciente de los ruidos del ambiente, e igualmente consciente de que Bern lo miraba expectante, pero con todo el recato que se espera de un mayordomo.
- Discúlpame. ¿Qué decías? - Preguntó el señor - .
- Le decía al señor que si así lo dispone, mando que preparen el carruaje - respondió aliviado -.
- No, mejor manda ensillar a Tormenta, necesito evadirme un poco.
Con una leve inclinación, Bern fue a cumplir los deseos de su amo inmediatamente, y sin tiempo de retomar el hilo de sus preocupaciones, vio que su yegua la conducía un joven de paso firme y constitución fuerte. Por su aspecto se podía intuir que desde siempre vivió del trabajo de sus manos o de labores físicas pesadas, y en este momento era uno de los encargados de que todo estuviera en orden en los establos. A pesar de su amplia experiencia, tuvo que hacer acopio de toda su fuerza y decisión para traer a Tormenta hasta su señor, que sólamente se calmó al ver a su jinete, el único jinete. Éste acercó tranquilamente, se puso los guantes y despidió al chico. Tan pronto montó la bestia, los cuidados que lo mantuvieron en vela volvieron a ensombrecerle el rostro, y simplemente se dejó guiar por los pasos que a su preciada purasangre española se le antojaban. No cabía duda de que Sir William, todavía soltero, era un hombre que apenas había alcanzado la treintena, con gran patrimonio e influencias, en fin, un hombre de éxito; antes bien, todo esto no dejaba a resguardo a un hombre bien celoso de su palabra de las consecuencias de una promesa.
- Discúlpame. ¿Qué decías? - Preguntó el señor - .
- Le decía al señor que si así lo dispone, mando que preparen el carruaje - respondió aliviado -.
- No, mejor manda ensillar a Tormenta, necesito evadirme un poco.
Con una leve inclinación, Bern fue a cumplir los deseos de su amo inmediatamente, y sin tiempo de retomar el hilo de sus preocupaciones, vio que su yegua la conducía un joven de paso firme y constitución fuerte. Por su aspecto se podía intuir que desde siempre vivió del trabajo de sus manos o de labores físicas pesadas, y en este momento era uno de los encargados de que todo estuviera en orden en los establos. A pesar de su amplia experiencia, tuvo que hacer acopio de toda su fuerza y decisión para traer a Tormenta hasta su señor, que sólamente se calmó al ver a su jinete, el único jinete. Éste acercó tranquilamente, se puso los guantes y despidió al chico. Tan pronto montó la bestia, los cuidados que lo mantuvieron en vela volvieron a ensombrecerle el rostro, y simplemente se dejó guiar por los pasos que a su preciada purasangre española se le antojaban. No cabía duda de que Sir William, todavía soltero, era un hombre que apenas había alcanzado la treintena, con gran patrimonio e influencias, en fin, un hombre de éxito; antes bien, todo esto no dejaba a resguardo a un hombre bien celoso de su palabra de las consecuencias de una promesa.
¡Bienvenidos!
Éste es un experimento, un experimento que puede ser muy divertido, os diré en qué consiste: Vamos a contar relatos en que cada uno se inventa unas líneas, basadas en las que el anterior escribió antes (y respetando su contexto) de modo que frase a frase, párrafo a párrafo, vamos hilando una historia... Así, si tienes una buena idea, empiezas y no sabes cómo continuar... No te preocupes, ¡¡¡ya se encargará otro!!! ¿Qué me dices? ¿te animas?
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