17 diciembre, 2008

Pero, a pesar de la agradable y escogida compañia de la mejor y favorita de sus bestias, otros huespedes no tan deseados le rondaban y comian las entrañas.

Todo pesaba: la fria lluvia, las riendas de su compañera, la empapada casaca, los pomposos ropajes que llevaba puestos, el alma, la conciencia... Cuan molestos aquellos invitados, que iban y venian a placer, invadian y desalojaban su mente en cada instante, tan distintos... se le venian a la cabeza sus logros, buenos momentos, su estatus en la sociedad, las relaciones con sus más allegados, el placer, la vanidad, Sir William como el siempre habia y ha querido ser, un joven, rico y poderoso, con ambiciones y mucha vida por delante, y, acto seguido, le sucedian delirantes estrofas que predecian el infortunio y mal augurio: sombras y tinieblas, agonia, dolor, caida, el vacio...

Y entonces venia el piano: dulce, cuidado, delicado. Tan delicado que se quebraba entre los truenos de la mas ruidosa de las tormentas, pero persistente como canto de sirena que se oculta tras la bruma. Era lo unico que lo alentaba.

Se aproximaba el momento de tomar la decision, y la yegua, lamentablemente, no ayudaba. Sir William deseo por un instante poder hablar con su amiga. Una decision, tan clara y pavorosa, y ninguna de las opciones a escoger era de su agrado.

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